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"Tener algo que decir", por Ximo Górriz

Trigésimo quinto artículo de La Libreta de adComunica, espacio quincenal de colaboración de las socias y los socios de la asociación en El Periódico Mediterráneo, publicado el 11 de junio de 2026.

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La creciente importancia de la comunicación en todo tipo de organizaciones ha puesto a prueba las convicciones de todo el mundo en torno a su papel. En muchos casos, cada vez más, afortunadamente, se ha reconocido expresamente su carácter estratégico y su diseño y desarrollo se ha dotado de medios humanos y materiales para ponerla al servicio de los objetivos de la empresa, entidad o institución, comprendiendo bien su potencial y sus limitaciones. Es decir, dicho lisa y llanamente, desde un enfoque profesional.

Sin embargo, en otras ocasiones el propio resultado visible de dicha tarea saca a la luz una concepción más pobre de la misma, una visión en la que la comunicación se entiende como un instrumento más, sobre el que según el momento se depositan unas expectativas exacerbadas o bien se deja directamente de lado, como si para ciertas cuestiones, no se le viera ninguna utilidad. Y siempre la tiene, porque es muy rara la dimensión de la empresa en la que la comunicación no tenga nada que decir. Todo comunica y el silencio también lo hace, a veces de forma contraproducente.

Y como el silencio es también una forma de comunicación, debe ser fruto de una decisión consciente, nunca de la improvisación. Tampoco puede ser buena idea aplicarlo como respuesta a una crisis en la que queremos que escampe pronto, porque a menudo sucede lo contrario y los problemas tienden a empeorar.

Finalmente, está el problema opuesto al silencio. Al estilo de las tácticas políticas de ocupación de espacios, para evitar que los rellene el adversario, en ocasiones la comunicación pierde su carácter estratégico para emplearse a fondo en lanzar mensajes… incluso cuando no hay un mensaje potente que enviar a la sociedad, a nuestros clientes, etcétera. A diario recibimos un bombardeo de mensajes que tienen más de ritual que de contenido de interés, por lo que nunca está de más preguntarse, antes de hablar, si tenemos algo que decir. Y si aún así nos pueden las ganas, recordar por dónde muere el pez.

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